Buenos y malos

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Ningún ser humano, ni hoy ni antes, ha sido totalmente bueno ni totalmente malo, aunque nos cueste aceptarlo y eso a veces nos traiga algunos problemas de convivencia.

Jueves 6 de agosto de 2015 | Jesús Ginés

Solo Dios, los ángeles y María son absolutamente buenos. Los demonios, por el contrario son absolutamente malos. Todos los demás seres creados (hombres y mujeres, sin excepción) nos movemos en una jalea que nos lleva a situarnos confusos entre el bien y mal permanentes. Así de simple para la aceptación de una muy importante cantidad de los mortales. Dejamos de lado a los ateos empedernidos y a los soberbios rematados que pueden llegar a creer e incluso afirmar que ellos son buenos y los demás malos. Naturalmente que desde otras religiones habrá algunas diferencias en cuanto a María y los ángeles. En que Dios es el único totalmente bueno, estamos todos de acuerdo, incluso los ateos, aunque no les importe mucho el tema.

Esta condición poco grata de que somos buenos y malos no simultánea, pero sí sucesivamente, nos hace llegar a la conclusión inmediata de que nadie puede presumir de ser absolutamente malo como para desesperarse o absolutamente bueno como para presumir de dios o de ángel. Hablando en términos simples, realistas, no somos ni buenos ni malos siempre, porque sencillamente alternamos según las circunstancias.

Esta verdad tan evidenciada en la experiencia de todos, no pareciera ser aceptada ni personal, ni colectivamente por muchos. El problema es de percepción, no de objetividad. ¿Quién puede, realmente afirmar que en su quehacer cotidiano, todo lo hace bien y que cuando actúa en grupo igualmente hace siempre lo bueno?

Nadie puede afirmar: Mi familia es buena, la otra es mala, mi partido es bueno, el otro malo, mi empresa, mi equipo, mi iglesia, mi barrio o mi país son buenos frente a los equipos, iglesias o países de los otros que son, naturalmente malos. Y aunque todo esto nos parece más que evidente, actuamos generalmente como si no lo fuera. Es el gran problema de la humana convivencia, el que nos hace esclavos de nosotros mismos y el que nos haría parecer eternamente ridículos ante los demás, si no fuera porque los demás hacen los mismos juicios y se exponen al mismo ridículo.

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